jueves, 11 de junio de 2009

Testimonio de una sobreviviente al genocidio en Ruanda


En esta ocasión quisiera compartirles extractos de un artículo que obtuve del periódico el país, en el cual una sobreviviente del genocidio en Ruanda narra su historia después de haber vivido en carne propia la muerte de su esposo, hijos y familiares más cercanos a causa del odio Hutu

Yolanda Mukagasana (Kigali, 1954) Única superviviente familiar del genocidio ruandés, perdió allí a su marido, sus tres hijos y todos sus hermanos, asesinados por sus vecinos hutus por el simple hecho de ser tutsis. De su hogar sólo quedaron en pie dos escalones y el tocón de unos árboles frutales que con el tiempo, y la sangre derramada, han rebrotado.

Yolande, que hoy reside en Bruselas obtuvo la nacionalidad belga tras huir de Ruanda, vuelve con frecuencia a Nyamirambo como si se dirigiera a un santuario. "Continúo amando el barrio, porque su tierra está mezclada con la sangre de mi marido y mis hijos", dice. Sobre las ruinas de su casa levantó un hospicio para albergar a huérfanos del genocidio, porque "sólo siendo madre puedo mantenerme viva". Decenas de chavales se han criado desde entonces en Nyamirambo Point d'Appuie, como se llaman el orfanato y la modesta asociación que lo respalda, labor que le ha valido el reconocimiento internacional. El último de los críos, Ferdinand, de 14 años y a punto de abandonar la casa-cuna, la llama maman (mamá).

Yolanda Mukagasana da testimonio de lo sucedido en colegios e instituciones, así como en encuentros como el que la ha traído a Madrid, un seminario de Casa Sefarad sobre los genocidios del siglo XX. Porque, pese a la disparidad de escenarios, el genocidio de Ruanda, dice, se parece mucho a la limpieza étnica en la antigua Yugoslavia o al Holocausto. "Un genocidio es una voluntad política de exterminar una parte de la humanidad según determinados criterios, siempre arbitrarios", explica. Entre 800.000 y un millón de personas, en su mayoría tutsis y hutus moderados, fueron masacrados en 1994 por milicias hutus mal armadas y por particulares que blandían machetes, azadas, hachas, cuchillos, martillos herramientas que a la comunidad internacional le inspiraban la imagen de una incomprensible venganza tribal africana. Para los ruandeses, sin embargo, fue una explosión de odio añejo. "Los genocidios no caen del cielo, requieren una larga preparación. En el caso de Ruanda, fue un proyecto que se coció durante más de un siglo, inoculado en el cerebro de generaciones y generaciones que crecieron mamando odio. Ese germen de destrucción se materializó en el carné de identidad étnico creado por los colonizadores [belgas] en 1931, que nos individualizaba en etnias distintas, aunque todos estábamos mezclados, casados entre sí, sin distinguir quien era hutu o quien tutsi", explica.
En Ruanda, en abril de 1994, no quedó nadie a salvo, ni siquiera los del bando de los verdugos. "Las primeras víctimas fueron los hutus moderados que no estaban de acuerdo con que se exterminara a los tutsis", dice. Todos se confiaron; se cometieron errores: "Nos equivocamos depositando nuestra confianza en la ONU, su ayuda no sirvió de nada". Nadie, en fin, salió indemne de la insania, y menos aún, los aproximadamente 5.000 niños nacidos de violaciones otra arma de guerra, "aún hoy discriminados, mirados con recelo por todos". Como Ferdinand. Por eso, en el jardín que en abril de 1994 se convirtió en un cenagal empapado en sangre, Yolande Mukagasana, católica, no reza a Dios, "sino a mis muertos". Y pide también por el pequeño Ferdinand, que está solo en el mundo. Ella quiere llevárselo a Bruselas, pero él, el fruto del horror, no quiere abandonar África, esa madrastra tan cruel como hermosa.


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