miércoles, 21 de octubre de 2009

Psicología: una revisión de la realidad


Odio la realidad, pero es en el único sitio donde se puede comer un buen filete.




Woody Allen


Editorial de Nature
Traducción: KC

Si la psicología clínica en el mundo quiere seguir siendo viable y pertinente en los sistemas de salud de hoy en día, es necesario que públicamente abrace a la ciencia.

Cualquiera que lea las obras originales de Sigmund Freud bien podría ser seducido por la belleza de su prosa, la elegancia de sus argumentos y la agudeza de su intuición. Pero los que tienen una base sólida en ciencias también podrían sorprenderse por el abandono con el que elaboró sus teorías esencialmente sobre ninguna evidencia. Esta es una de las razones principales por las que el psicoanálisis al estilo freudiano pasó de moda desde hace mucho tiempo: su enorme gasto - el tratamiento puede prolongarse durante años - no está equilibrado por la evidencia de su eficacia.

La psicología clínica, al menos, tiene sus raíces en la experimentación, pero se está alejando de la ciencia. Las preocupaciones sobre la relación coste-beneficio son cada vez mayor, especialmente en los Estados Unidos. Según un informe condenatorio publicado la semana pasada (T. B. Baker et al. Psychol. Sci. Public Interest 9, 67–103; 2008), una proporción alarmante de profesionales considera las evidencias científicas menos importantes que su experiencia clínica personal - es decir, subjetiva.

La ironía es que, durante los últimos 20 años, la ciencia ha dado grandes pasos en direcciones que podrían apoyar la psicología clínica - en la neuroimagen, por ejemplo, la neurociencia, la genética molecular y la genética del comportamiento, así como la  neurociencia cognitiva. Numerosas intervenciones psicológicas han demostrado ser eficaces y relativamente baratas. Sin embargo, muchos psicólogos siguen utilizando terapias no probadas que no tienen resultados claros y medibles - incluyendo, en casos extremos, tales como los regímenes altamente sospechosos de "delfinoterapia".

     Hay un imperativo moral para convertir la psicología en una ciencia sólida y valorada.

La situación ya ha creado tensiones dentro de la American Psychological Association (APA), el organismo que acredita los cursos conducentes a un título de psicólogo clínico para la práctica en los Estados Unidos y Canadá. La APA exige que estos cursos tengan un componente científico, pero no exige que la ciencia sea tan preponderante como algunos miembros les gustaría. En la frustración, los representantes de alrededor de dos docenas de programas de formación de postgrado en investigación se agruparon en 1994 para formar la Academia de Ciencias de Psicología Clínica (APCS), con la misión de promover la psicología científica.

El esfuerzo de la APCS no ha sido suficiente para cambiar las actitudes entre todos los profesionales. Sin embargo, en los Estados Unidos, la presión política para el cambio se está construyendo rápidamente. Los debates que giran en torno a la reforma de salud han dejado claro que los principales responsables de tomar decisiones esperan que los proveedores de cuidados médicos justifiquen sus terapias en términos de una relación coste-eficacia probada. Si los psicólogos clínicos no puede hacer esto en forma plausible, serán marginados.

Una manera rápida y eficaz para salir de este atolladero sería crear una versión adaptada del sistema que transformó la psicología clínica (y la práctica médica en general) en Inglaterra y Gales. Allá, el Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia Clínica (NICE) evalúa las terapias para obtener evidencias de su eficacia, y aprueba aquellas que serán cubiertas por el sistema de salud estatal (véase Nature 461, 336–339; 2009). Las aseguradoras privados de salud se ven influidas por las decisiones de NICE, y cualquier psicólogo clínico que desee ofrecer delfinoterapias en el Reino Unido va a tener dificultades serias para encontrar pacientes.

Para muchos opositores de la reforma de la sanidad en los Estados Unidos, sin embargo, NICE representa el epítome de la intrusión del gran gobierno en la libertad de elección individual; queda por ver si ese órgano nunca se pueden crear en Estados Unidos y en otros países como México. Sin embargo, como Baker et al. señalan, psicólogos interesados de los EE.UU. podrían tomar el asunto en sus propias manos, estableciendo un nuevo sistema de acreditación para los psicólogos de formación científica en paralelo con el sistema de la APA.

La APCS está bien posicionada para dar ese paso. Pero el que lo haga debe hacerlo pronto. Las necesidades insatisfechas de salud mental son enormes y cada vez mayores: el número de estadounidenses que reciben atención de salud mental se ha casi duplicado en los últimos 20 años. Hay un imperativo moral para convertir el arte de la psicología - en peligro de quedar fuera de moda, al estilo de Freud - en una ciencia sólida y valorada, informada por las mejores investigaciones disponibles y la evidencia económica.

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