martes, 25 de marzo de 2008

Arthur C. Clarke (R.I.P.)

Mi primer contacto con la obra del recién fallecido Arthur C. Clarke fue en el estreno de la película "2001, una Odisea en el Espacio" en el turbulento año de 1968. A mis escasos 11 años ya era un verdadero fan de la ciencia, los viajes espaciales y por supuesto, de la ciencia ficción.

Mis padres me llevaron al Cine Latino, situado en Paseo de la Reforma, en lo que hoy se conoce como la Zona Rosa, para presenciar este evento. Era tan nuevo este estilo de hacer películas, que antes de entrar a la sala, nos daban un panfleto explicativo sobre la intención del director Stanley Kubrick para presentar la obra de Arthur C. Clarke.

La experiencia me dejó marcado para siempre. Faltando poco para que el hombre llegase a la luna, ya podía verse en la pantalla grande la ingravidez de los actores, el alunizaje de naves espaciales y sobre todo la locura asesina de HAL-9000.


Más me dejó marcado la lectura de la novela, un par de años después, gracias al esfuerzo de Salvat por llevar la literatura seria a los estantes de periódicos. Poder visualizar en mi imaginación, más de lo que Stanley pudo lograr, me hizo volverme fanático total del estilo de Arthur. Y no sólo del estilo literario sino del trasfondo de todo este tinglado artístico: La ciencia.


La obra de Arthur Charles Clarke me introdujo en en ese mundo de la ciencia posible, de los desarrollos tecnológicos soñados y realizados, el de las expediciones más allá de nuestros confines naturales.

Y también en el terreno de la imaginación en el que los seres con inteligencias muy superiores a la nuestra se preocupan por nosotros, al grado de enviar una especie de catalizador monolítico de la inteligencia, de dimensiones matemáticas deliciosas 1:4:9.


Recordaré siempre que desde Sri Lanka enviaba sus obras literarias a sus editores londinenses por vía electrónica, cuando el ordenador personal para procesamiento de textos sólo era un lujo que pocos podían darse.

Arthur C. Clarke en 2005
Cortesía de Wikipedia

Como homenaje póstumo, reproduciré aquí el final del capítulo 5 de 2001, en el que Moon Watcher y su tribu logran deshacerse del Jefe de los Otros (tribu enemiga), para asegurar la supervivencia de los suyos:

Durante unos cuantos segundos Moon-Watcher permaneció indeciso ante su nueva víctima, intentando comprender el nuevo y maravilloso hecho de que el leopardo muerto pudiese matar de nuevo. Ahora él era el amo del mundo, y no estaba del todo seguro sobre lo que hacer a continuación.

Mas ya pensaría en algo.


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